El de la foto soy yo con siete años.

La de la izquierda es mi madre, demasiado alta para el encuadre, y la de la derecha una niña de la Masia de Orrius donde fuimos a pasar las vacaciones del verano del 69. No recuerdo su nombre, sólo que me enamoré locamente de ella nada más verla, pero como yo antes de llevar gafas era muy tímido (y después también) jamás se lo confesé. En vez de eso pensé: lánzale sutilmente un mensaje inequívoco.

Y así lo hice: decidí posar en todas las fotos con la mano en el corazón, pensando que ella acabaría captando mis sentimientos, tomaría la iniciativa, nos casaríamos y seríamos felices.

Por eso salgo en una docena de fotos (que en la época analógica son un montón) en esta extraña postura napoleónica y con esta sonrisa idiota de chaval que intenta esconder que se desangra por dentro.

Luego, un día, mis padres hicieron las maletas, nos dijimos adiós y ahí terminó el cuento.

Borges lo llamó El jardín de los senderos que se bifurcan. Yo lo llamo vida.

 

 

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