El erizo gilipollas (fábula moral)

Cuenta el sabio Salomón Guilapo que estando Joe, un erizo de setenta kilos y pico, durmiendo boca arriba, despertó de golpe y, al tratar de incorporarse, descubrió que la había cagado y bien, pues las aceradas púas de su espalda le mantenían inmovilizado en el suelo.

-¡Joder, qué burro soy! -pensó en voz alta-. Juro que si McFurny, el piadoso Dios de los Erizos, me concediera una segunda oportunidad, jamás volvería a cometer tamaña estupidez.

Cuenta Salomón Guilapo (Otra vez El Sabio, no el homónimo hacker argentino) que oyendo al erizo lamentarse de esta guisa, decidió apiadarse de él, murmuró “¡Sea!”, y Joe el Erizo volvióse a encontrar de golpe sobre sus cuatro patas.

Pasaron las horas, llegó la noche y Joe convocó a todos sus amigos y familiares. Se aclaró la garganta y dijo:

-Queridos amigos y familiares, fui un tonto; me acosté bocarriba y no pude levantarme; y menos mal que McFurny dióme una ocasión de redimirme. Y voy a aprovecharla, pues muy gilipollas tendría que ser para volver a acostarme sobre la espalda después de lo ocurrido.

Todos le aplaudieron y vitorearon su nombre repetidas veces (concretamente dos: “Joe, Joe!”), y cuenta el sabio Salomón Guilapo que había lágrimas de emoción en los rostros de los erizos. Y que bebieron y fornicaron hasta que uno dijo: dejemos estos temas espinosos y vayamos a dormir.

-De acuerdo -dijo Joe-. Estoy hecho una piltrafa, la edad no perdona.

Y cerrando los ojos, se dejó caer de espaldas.

El Sabio Salomón Guilapo no añade moraleja alguna. Ni falta que hace.

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