Lloro

La marca IMC TOYS, que no me patrocina, tiene en su catálogo una serie, los Bebés llorones, que sueltan lágrimas cuando les quitas el chupete. Pues bien: desde hace un tiempo me he convertido en una versión king size de esos patéticos muñecos. 

Lloro con todo. 

No solo cada vez que veo “Coco” o “Qué bello es vivir” (hay películas en las que uno debe llorar obligatoriamente a no ser que sea un psicópata).  

Lloro de risa. 

De emoción. 

De tristeza.

A veces lloro hasta de envidia, cuando nunca he sido envidioso.

Lloro a la mínima y continuamente.

Pongo una de Sabina y canta el estribillo:

“¿Qué estoy haciendo aquí? ¿De quién es esta vida?”

Y lloro.

Lloro con una frase de John Irving o de Auster que me parece perfecta, si contemplo un travelling majestuoso de Scorsese, lloro porque el Providence de Alan Moore consigue hacerme recordar a ratos el síndrome de Stendhal que me provocó la primera lectura de Watchmen, lloro si tropiezo por casualidad con una foto de mis padres.

Y con cada lágrima que suelto se me van más y más las fuerzas para volver a escribir nada que no sean los guiones que pagan la hipoteca. Nada, qué va. Ni un cuento. Ni mucho menos el capítulo de una novela. Ni siquiera un post. 

Este lo escribo para darle las gracias a un amigo. Ayer me recordó que aún queda gente en la que se puede confiar, gente que viene cuando se lo pides y te echa un cable a cambio de nada. Bueno, sí, a cambio de un Sofregit de pèsols del Maresme salteados con calamarcitos y gambas y regados con Rioja. Qué menos.

Total, que entre pitos y flautas ayer no me acordé de llorar.

A ver si me estaré volviendo insensible. 

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