Tomar partido

Es bueno que las personas tengan opinión y que la expresen libremente. Sin embargo, hay gente que asume un determinado cargo de responsabilidad que conlleva, o debería conllevar implícita,  la obligatoriedad de mantenerse neutral. Son cargos que te invalidan como sujeto y te convierten en el estandarte de un colectivo que, como su nombre indica, está formado por varias personas con distintas narices, orejas y opiniones.

Qué feo quedaría que horas antes del Barça-Madrid el árbitro del partido se fuera (vestido de colegiado, para tocar más los cojones) al hotel de concentración de uno de los dos equipos, a hacerse fotos con el móvil con los jugadores y a pedirles un autógrafo para sus hijos. “Es que en casa somos muy fans vuestros de toda la vida”.

Qué feo quedaría que poco antes de unas elecciones los cardenales españoles pidieran el voto, más o menos descaradamente, por uno de los dos partidos favoritos.

Qué feo quedaría que el presidente del Congreso, Jesús Posada, recibiera con honores de héroes de guerra a los representantes de la Federación de Entidades Taurinas de Catalunya (perdón: con ñ), como dándole un espaldarazo a su cruzada.

Y que conste que yo soy el primero al que le costaría  ser neutral. Si a mí me designaran árbitro del Barça-Madrid, le sacaría la roja a Pepe antes de que saltara al césped, de manera preventiva. Si me hicieran cardenal, diría tantas barbaridades que la imagen del Cristo que habría a mi espalda se arrancaría los clavos de las manos para poder taparse las orejas. Y como presidente del Congreso no sólo recibiría a los Taurinos, sino que les daría una muleta y soltaría seis o siete toros bravos, para que se encontraran a sus anchas.

Por eso nunca aceptaré un cargo así.

Al fin y al cabo, por un mínimo de decencia, no tardaría en tener que dimitir.

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