¿Eres tú, verdad?

Una señora cincuentona y con el pelo teñido de negro-escarlata acaba de hacerme esta pregunta, seguramente la más tonta y, a la vez, más complicada que puede hacerte un ser humano (porque es obvio que yo soy yo del mismo modo que tú eres tú, evidentemente, pero preguntarlo entraña cierta duda metafísica que me hace pensar en esos maravillosos cuentos de Richard Matheson, de Lovecraft, incluso de Borges, que nos hablan de vidas suplantadas, de dobles y de personajes que sueñan su propia vida). Pero me freno a tiempo y le respondo:

-Sí, soy yo.

Y entonces ella sonríe de una manera encantadora y se lanza:

-Hacía tiempo que no te veía. A Laura la veo más, desde que le pasó aquello al tío Antonio y a Irene, pobres, qué mal lo pasaron. -Una larga pausa, yo no digo nada-. ¿Y qué? ¿Cómo estáis?

-Bien, bien.

-¿Los niños?

-Bien.

-¿Y tus padres?

-También. Tirando.

-Estupendo. Bueno, me voy a comprar. Muchos recuerdos, me alegro de verte.

-Igualmente.

No la había visto en mi vida, e ignoro quienes son Laura, el tío Antonio e Irene, aunque así, en conjunto, tienen nombre de trío musical de los que van de hotel en hotel de Salou con un órgano Hamond. A lo mejor esa fue la desgracia a la que se refería la señora: un cliente habitual del hotel, un guiri gordo y borracho se pasó de la raya bailando Paquito El Chocolatero y, sin querer, les tiró el órgano a la piscina.

No lo sabré nunca.

Sí, ya sé que le podría haber dicho, simplemente:

-Se equivoca, señora: no soy yo.

Pero eso me habría llenado de desasosiego

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