Eso y lo otro

Se quejan los profesores, dicen que los maleducados de sus alumnos les han perdido el respeto, que ya no existen valores esenciales que imperaban antes, como el respeto a la autoridad. Tienen razón en una parte: les han perdido el respeto. Pero creo que la culpa no es de los  alumnos, ni de los padres, ni de los profesores, ni de si le falta o le sobra un año a la ESO, ni de si hay que hacer una semana blanca a medio curso o si es bueno o malo que el alumno vaya a un colegio de uniforme o tenga marihuana en la taquilla. Para mí todo eso son  palos de ciego para fingir que el ministro o el aspirante a ministro de turno se preocupa de la educación como concepto genérico. Chorradas. Creo que tendríamos que agarrar el toro por los cuernos de una vez y admitir, entre todos, que lo que no chuta es el producto que  tenemos entre manos, amigos: la materia educativa tal y como está planteada.

No pasa nada por admitirlo: los vendedores de enciclopedias a domicilio tuvieron su momento hace unos años, pero ya hace tiempo que se retiraron discretamente al darse cuenta de su desfase. Pues a lo mejor tendría que pasar lo mismo con el temario actual.

No lo digo a la tuntún, sino como víctima indirecta. Como padre de una hija de trece años, llevo cierto tiempo repasando lo que le toca estudiar. Y aunque mi deber es fingir que lo que hay en esos libros de texto es sagrado como la Biblia, y que memorizarlo todo de pe a pa cambiará milagrosamente su adormilada mente, expandiéndola como un big bang hasta universos hasta entonces desconocidos, la verdad es que  todo es una pérdida de tiempo, una herencia del siglo pasado. Una mierda.

Si llega el momento en que alguien necesita saber cuantos tipos de roca magmática existen, hay buscadores en Internet. Y el tiempo que se ahorra mi niña en no tener que empollar ese montón de datos podrá invertirlo en algo más creativo. Mi hija se encuentra en un momento de su vida en el que la mente le va a 3000 por hora. Está en su mejor momento para descubrirlo todo: la música, la literatura, el cine. La vida. Pero no: parece que la preocupación principal del sistema educativo sea que memorice cosas farragosas. Parece que desean preparar a las nuevas generaciones para presentarse al milenario concurso de Jordi Hurtado.

Y el objetivo es noble. El problema es que, por el camino,  aburren a las piedras.

Luego se extrañan cuando los alumnos se rebotan y pasan de todo.

Yo diría que aburrirse ante algo que aburre es su obligación como seres racionales que son.

Por cierto, y para que no haya suspicacias: Alba saca unas notas excelentes. Pero no porque le interese nada lo que estudia, sino porque ha heredado mi memoria (además de los dedos de mis pies). Si no, también sería una fracasada escolar como el 90% de su clase.

Venga, hagamos que los chicos se diviertan aprendiendo. Para mí, eso también forma parte del respeto.

A lo mejor, así, el día de mañana vivimos en un país más creativo todos: profes, padres y alumnos.

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