Renoir y Renoir

El de la izquierda es un atorretrato de Renoir (el pintor, no el reponedor de refrigerados del  Carrefour Cabrera). El de la derecha, también. El tiempo que separa uno de otro hace que no parezcan ni el mismo modelo ni el mismo pintor. El modelo joven mira desafiante al espectador, casi podría ser un cruce entre Miguel Bosé y un mosquetero. El anciano lo hace con nostalgia y cierta ironía (o eso me parece). El pintor joven acribilla la tela de pinceladas enérgicas, casi furibundas. Los trazos del Renoir maduro son más suaves, relajados. Menos intuitivos, más precisos.

¿No nos ocurre lo mismo a todos, a medida que vamos practicando esto de la vida? A mí sí, por lo menos.

Y supongo que también a mi amiga Mari (alias Carmen Navarro), que me sugirió este post mientras visitábamos la orgasmática exposición “Impressionistes” en la sala Caixafòrum de Barcelona.  Parece mentira que aún existan placeres tan inmensos… y gratis.

Por cierto: mola el sombrero, Auguste. ¿Es de H&M?

0

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.