Giros inesperados

Mi amigo P. acaba de tener un infarto y voy a visitarle al hospital. Me da por bromear. Le digo: “¿Sabes? Hay otros métodos para dejar de fumar”. Reímos. Porque sí, porque es lo que toca (qué, si no). Hablamos de lo poco que faltó. Se sintió mal, llamó a un amigo médico, a este no le gustaron los síntomas, le dijo que fuera inmediatamente al hospital, y esto le salvó la vida. Si su amigo médico  llega a estar reunido, o le hubiera dicho eso que dicen muchos médicos (“Seguro que solo es estrés, tranquilo”), o si P. hubiera pensado: “Bah, me acuesto un rato y ya iré luego”, fundido en negro y cartelito de “The end”. Qué fuerte.

Hablamos, en fin, de los giros que se producen en la extraña serie de la vida. P. aún no ha salido del hospital y, sin embargo, él y su mujer, I., tienen claro que ese infarto lo ha cambiado todo. Aun no saben de qué modo. A lo mejor venderán su casa en el Vallès y se irán a vivir al país vasco, una tierra que siempre les ha encantado. A lo mejor I. se decide a iniciar una exitosa carrera como ilustradora (acaba de descubrir un nuevo estilo, usando bocas recortadas), P. se convierte en su orgulloso gigolo y se dedica a disfrutar merecidamente del largo resto de su vida jugando con la Play Station con su encantadora hija, D.

O al revés: P. salta de la cama con renovadas energías, piensa “ahora o nunca”, da un par de brazadas furiosas y alcanza su sueño de dedicarse a la arquitectura.

Quien sabe.

Los guionistas de cada nueva temporada son unos divos impredecibles.

“Toma, tu texto”, nos dicen un segundo antes de que las cámaras se pongan a rodar. Y a nosotros nos toca defender nuestro papel lo mejor que podemos.

Suerte.

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