Con permiso

He empezado el año tratando de encontrar el nombre de un cine de París. Concretamente, el del cine que durante siete años (1920-1927) estuvo exhibiendo la misma película, “El gabinete del doctor Caligari”. Lo necesitaba para mi novela. Mejor dicho: creía que lo necesitaba. El trabajo de documentación de un novelista es un arma peligrosa. Llega a resultar tan fascinante, tan adictivo, que a veces te hace olvidar su auténtico objetivo: montar un  escenario sólido para que tus personajes puedan vivir su propia historia.  El problema es recordar todo el tiempo que  “sólido” no necesariamente implica que sea “real”. Desde hace meses, yo tenía claro que mi cine ideal era el Louxor, un cine monumental, un palais du cinema, en todos los sentidos, decorado con motivos egipcios, que fue inaugurado en 1921 (y que, por cierto, en el 2013 volverá a abrirse por todo lo alto después de ser remodelado). El problema (lo que de pronto me parecía un problema) es que “El gabinete del doctor Caligari” nunca se proyectó ahí, sino en otro cine. Total, que me pasé horas y horas obsesionado, buscando entre las 200 salas de cine que tenía París en 1920. Hasta que de pronto, esta mañana, me he acordado que mi novela arranca con un naufragio que yo sitúo en 1909 cuando, en realidad, ocurrió en 1916. ¿Por qué? Muy fácil. Porque MI HISTORIA no podía arrancar siete años después. El guión lo exige, como decía la Cantudo para enseñar las tetas. Pues eso. Y entonces lo he visto claro: si el mundo metió la pata y estrenó la peli de Wienne en otro cine, allá él. En mi novela, se estrenará en el Louxor, que además abrirá sus puertas un año antes. El cine será como era (para algo sirve la documentación), pero yo no soy nadie para robarle ese gustazo a mi protagonista.

Mientras, me dicen que ha empezado 2012.

Qué bien.

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