Acaba de ocurrirme la cuarta experiencia paranormal de mi vida. Dicen que hay dos tipos de escritores, los  que trabajan de oído y los visuales. Si esto funciona así, yo soy de los segundos, evidentemente. Necesito “ver” las cosas antes de contarlas; suelo apoyarme en fotos, dibujos o grabados para inspirarme. 

Vale, hasta aquí el prólogo.

Ahora imaginaos que sois yo. Tres de la madrugada: os despertáis de golpe como siempre, un traguito de agua fría y corriendo al despacho para seguir escribiendo la maravillosa novela en la que andáis metidos, “La niña que hacía hablar a las muñecas”. Bien. Imaginaos que, justamente ayer, llegáis a un punto en el que a la protagonista (la niña del título) le regalan un muñeco de conejo. El problema es que la acción sucede en una isla de Brasil en 1910.

¿Verdad que en ese momento, inevitablemente, en algún rincón oculto de vuestro atormentado cerebro surgiría la pregunta de: ¿Cómo demonios eran los muñecos de conejo en las islas de Brasil en 1910?

Vale, pues eso es lo que yo me he preguntado.

Y he hecho lo que hago siempre que algo me provoca ansiedad: coger un lápiz y un papel y ponerme a dibujar. El resultado ha sido la imagen de la izquierda.

Hasta aquí, nada paranormal.

Pero a continuación he pensado: no seas cutre y déjate de métodos poco rigurosos de documentación. Para estas cosas está el Google.

Así que respiro hondo, tecleo algo así como “muñeco conejo 1900”, le doy al intro, y tatatachán: entre miles y miles de imágenes, aparece la de la derecha.

No añadiré más comentarios.

Bueno, sí. Solo uno: va a resultar que tengo poderes, y yo con estos pelos.

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