Me pasa algo muy molesto cada vez que voy solo por la calle. Resulta que si voy pensando en mis cosas, como casi siempre, me cruzo con alguien que conozco y no lo saludo, esa persona se ofende. Y luego se lo dice a mi mujer: “Vi a tu marido y no me saludó”, como diciendo: “Menudo sociópata escogiste, chata”. Eso me obliga a hacer un esfuerzo titánico para estar pendiente de toda la gente que se cruza conmigo cada vez que salgo. Y creedme: no es fácil. Tengo una memoria pésima para las caras, y casi nunca estoy seguro de conocer a alguien hasta que este da el primer paso: me hace un leve gesto, algo que me indique que no es ningún extraño. Entonces le saludo, y un par de horas después, en casa, esforzándome mucho, logro recordar de quién se trata.

El problema es: ¿Y si la gente espera a que sea yo quien dé el primer paso (y de este modo, si no lo doy, tendrá la excusa perfecta para ir a chivarse a mi mujer)?

¡Dios! Eso me ha vuelto paranoico. Cualquier persona que se acerca puede ser un conocido al que hay que saludar con mi mejor sonrisa. Voy por la acera sin parpadear, con los ojos inyectados en sangre, moviendo la cabeza en todas direcciones. Lo peor es que cuando estoy a pocos metros, por si acaso, empiezo a preparar el gesto: levanto las cejas, amago la sonrisa. Y claro: hay gente que lo ve y,  por inercia, me saluda.

Y yo le saludo.

Y ya la hemos liado.

He llegado a estar hablando más de diez minutos con gente a la que, estoy seguro, no conocía de nada. Probablemente, llegaron a sus casas tan desconcertados como yo, preguntándose: ¿De qué puñetas conozco a ese calvo?

De esto al Facebook hay un paso.

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