Por increíble que parezca, hubo un tiempo muy muy lejano en que Spotify no existía. Y antes de ese tiempo, existió otro en que ni siquiera había Emules, ni copias piratas en CD, ni nada de nada. Si queríamos escuchar un disco (que eso sí: era de vinilo, superguay), teníamos tres opciones: 1) comprarlo; 2) hacernos amigos de alguien que lo hubiera comprado; y 3) Ir a escucharlo a unos populares grandes almacenes ubicados en Plaça Catalunya. En mi caso, optar por esta última opción significaba una auténtica odisea: coger el tren en Premià, bajarme en la Estació de França, ir andando hasta El Corte Inglés (vaya, se me escapó el nombre), subir hasta la planta de discos, pedirle el servicio a una de las dependientas y (aquí viene lo más dramático), plantarme media hora ahí con los  auriculares puestos, a la vista de todo el mundo, pasándolo fatal  mientras la gente me miraba con esa sonrisa de “mira, otro gorrón” y porque, normalmente, no llevaba ni un duro en el bolsillo, era joven, sin trabajo, y me daba un no sé qué tener que devolver el disco después, farfullando aquello de: “No, gracias, no me ha gustado, no lo compro”.

Ahora todo es mucho más sencillo. Días antes de que Tom Waits saque su “Bad as me” ya está colgado en la red y puedes ponerlo las veces que te dé la gana, sin que el dependiente te fusile con la mirada.

Eso sí: desde hace poco, Facebook se ha aliado con Spotify y, aunque no quiera, no dejo de enterarme de todo lo que escuchan mis amigos. Me ha recordado un poco la vergüenza que pasé de joven en El Corte Inglés, exponiendo mis inquietudes musicales a la vista de cualquiera.

Será que, a la larga, todo vuelve.

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