Danger: anacoreta hablando

Tengo una buena excusa para suspender a la hora de hablar en público: hace cuarenta y tantos años que practico.

De pequeño, mi padre y mi hermana trabajaban, mi abuela estaba ocupada con la casa y mi madre con la depre, así que mis únicos interlocutores eran un puñado de madelmans, comics, libros y un lápiz y un papel.

De joven salí unos años, hablé por los codos, besé todo lo que pude, me casé demasiado rápido, me divorcié demasiado tarde y volví a encontrarme solo, esta vez sin los madelmans y en un piso de 40 metros cuadrados en l’Eixample. Es lo que yo llamo Mi travesía del desierto. Son las cicatrices de las que se jacta Mel Gibson en Arma Letal.

Luego, de mayor, casado de nuevo, esta vez bien, la vida me ha llevado a pasarme diez horas diarias, de lunes a viernes (en el mejor de los casos, casi siempre se alarga al fin de semana), metido en el despacho escribiendo. Guiones, novela, blogs como este, lo que sea. Suelo hablar con Nana y Alba solo un ratito, antes y después de la cena. Luego cojo un libro, leo con ansia y me duermo. Poco después despierto, y empieza el bucle otra vez.

La gente normal, que habla unas mil veces más que yo al día, suele decir que le desconcierta oír  su propia voz grabada. Imaginaos yo. A mí me desconcierta hasta cuando la oigo al natural. Hablo poco; por eso, cuando lo hago, tengo todos los números para hacerlo peor que cuando escribo.

A lo mejor (robándole una idea a John Irving, de “El mundo según Garp”) debería ir por el mundo con una pizarra y un lápiz colgando del cuello, y cuando me preguntaran algo, garabatear rápidamente la respuesta. Seguro que lo haría mejor. Así que la próxima vez que habléis conmigo, paciencia. Recordad que soy un pobre anacoreta, un minusválido del discurso oral.

¿Ves? Algo que tendré que mejorar de cara a futuras entrevistas de trabajo.

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