Respeto

Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Berto Romero en su última columna: lo último que hay que perderle a la gente es el respeto.

Pero definamos “respeto”.

Cuando mi padre cumplió veinticinco años trabajando en Can Sampere, el director le llamó a su despacho y le regaló un reloj, un Omega de oro con su nombre y apellidos grabados. Y le dijo: “Gracias por su dedicación”.

Eso, para mí, es una definición tan buena como cualquier otra de “Respeto.”

Eran otras épocas, de acuerdo.

Ya nadie regala relojes. Supongo que los empresarios modernos consideran que ya es  bastante sacrificio mantener a sus trabajadores en este país de parados.

En realidad ya debe de quedar poca gente que dure un cuarto de siglo en la misma empresa.

Yo he estado a punto: dieciséis. Pero en vez del Omega de Oro y el golpecito en la espalda del director por la labor cumplida me ha tocado recibir un lacónico correo electrónico convocándome a una reunión sorpresa. Para comunicarme que me ponían en un ERE.

Como les dije a Xavi y a Ramon, al principio me sentó como un tiro. Pero luego lo encajé con deportividad. Lo entiendo: no está el horno para bollos ni para mariconadas, bastante fregado tienen ya. Digamos que, aunque no comparto, respeto su decisión. Y a todo el que me pregunta le digo lo mismo: que aquí he crecido profesionalmente, he conocido a gente fantástica, con un talento brutal, y seguro que algún día me sentiré orgulloso de poder contarle a mis nietos que estuve ahí, dejándome la vida, mientras duró.

Si dijera otra cosa, me respetaría muy poco a mí mismo. Y perderse el respeto a uno mismo es lo más triste que puede pasarle a alguien.

Incluso más que los demás te lo hayan perdido y te traten como un klínex usado.

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