Memoria

Vemos una peli con Travolta donde sale el típico almacén lleno de maniquíes, y yo le pregunto a Alba: ¿Te acuerdas que tenía uno en el despacho? Ella dice que no, y yo alucino: ¿Qué? ¡Pues no hace tanto! Tendrías que acordarte.

Y, de repente, caigo en que nos desprendimos de ese maniquí aprovechando la última mudanza, de eso hace seis años. Y que eso, para una niña de doce, es mucho tiempo, media vida.

Pero no puedo evitar sentir cierta tristeza. Porque yo sí recuerdo que a Alba, a mi Alba de tres, cuatro, cinco y seis años, le encantaba ese extraño armatoste en mi despacho: una mujer de metro setenta y pico completamente desnuda, sin brazos, con uno de mis sombreros Panamá ocultando que tenía un agujero en vez de tapa craneal.

Luego, como cada domingo, voy a visitar a mis padres a la residencia y, cuando cojo el toro por los cuernos y les cuento que ya hemos puesto en alquiler su piso, mi padre me mira con expresión desconcertada. Y dice:

-¿Un piso? ¿Nosotros no vivíamos en una casa de dos plantas?

Tiene razón. Vivieron en una casa así, en  la calle Sant Agustí de Premià, en el casco viejo. Pero solo hasta que yo cumplí los ocho años. Entonces se mudaron a un piso de cincuenta metros cuadrados. Y luego a otro, el doble de grande, el actual.

Total: que por la noche me encierro en el despacho maldiciendo la fragilidad de la memoria humana. Y me pongo a escribir novela como un loco. Porque sí, porque no tengo otro remedio. Alguien lo dijo antes que yo: se escribe para recordar.

Buf, amigos.

Espero que funcione.

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