VIdas enlatadas

Cierra el penúltimo video-club que quedaba en Premià. Y a mí me da una pena enorme, porque pertenezco a esa raza de dinosaurios fetichistas  (prácticamente extinguida) que se sienten extrañamente próximos a la felicidad deambulando por lo que yo llamo los Grandes Almacenes de Historias: las librerías, las tiendas de comics y, ay, los vídeo-clubs. Pues claro que estoy harto de bajarme material  por internet, no soy idiota (en este país es la única alternativa si se quiere estar al día), pero nunca será lo mismo. Con la muerte de los vídeo-clubs se va a perder ese fantástico chute de adrenalina que siente cualquier amante del cine al verse rodeado de carátulas por explorar, esa sensación eufórica (del niño que desenvuelve su juguete el día de Reyes)  cuando tropieza por casualidad, en un estante cualquiera, con aquella peli que llevaba meses deseando ver. Recuerdo el corazón taquicárdico, los ojos amarillos de deseo, las manos empapadas de sudor, de pura codicia, esos fines de semana en que salía cargado de películas (estos últimos años era un chollo, porque te alquilaban dos por el precio de una).

Ahora han liquidado todas las películas. He comprado medio centenar, así que tengo para ir tirando algunos días. Si veo que me da el ansia, supongo que siempre puedo pedirle a mi mujer que se disfrace de dependienta y finja asesorarme con el entrañable estilo habitual de las dependientas de video club:

PEP: ¿Qué tal esta?

NANA-DEPENDIENTA: A mí me gustó. Si te gustan este tipo de pelis.

El caso es que tengo unos amigos que viven en Sant Llorenç d’Hortons. Y al principio, cuando trataban de convencerme para que nos mudáramos allí, yo solía responderles: “Imposible. Nunca podría vivir en un lugar que no tiene vídeo-club.”

Moraleja: si quiero ser consecuente, me queda poco en Premià.

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