El árbol de la vida

Que a Malick le pusieran Terrence, con dos R, y no Terence, con solo una, debió de ser premonitorio. Era una forma de decir que, de mayor, no sería un director sencillo. Una hora después de sobrevivir a “El árbol de la vida”, sigo teniendo una duda existencial. Con todos los respetos que me merecen los que opinen que es una obra maestra imperecedera, yo no sé si le dieron la Palma de Oro por esos veinte minutos del primer tramo que parecen un Koyanisqaatsi sobre el dolor pero con música profunda, por el sorprendente  teaser insertado de “Caminando entre dinosaurios” o por ese final coral en la playa, que si no fuera por  la presencia de Brad Pitt y Sean Penn (¿Son imaginaciones mías, o ya durante el rodaje hace pinta de cagarse en todo?) bien habría podido pasar por un power point de los Testigos de Jehová después de tomarse un éxtasis. El resto de la peli (la parte más narrativa), sospecho que no habría ganado sin las otras alforjas New Age en un festival tan serio como Cannes. Lo digo porque contiene, incluso, algo de historia y alguna pincelada bien dada sobre un par de personajes.

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