Software

Empiezo mis vacaciones haciendo algo que me moría de ganas de hacer desde hace mucho, mucho tiempo. ¿Tumbarme en una hamaca bajo un cocotero escuchando a lo lejos melodías de ukelele? ¡No, por Dios! Eso significaría relajarme. Lo primero que hago es intentar descubrir cómo funcionan REALMENTE la mayoría de programas que tengo instalados en el ordenador. Intuía la utilidad de algunos desde hace casi un año, pero aún no había tenido tiempo de perderles el respeto y entrarles a fondo sin vaselina. Ñaca.

Cuando termino la jornada estoy exhausto y acojonado a la vez.

Tengo programas de retoque con los que puedo convertir cualquier mierda de foto en una mierda de foto retocada de puta madre. Tengo programas de dibujo mágicos: con ellos puedo hacer prácticamente lo mismo que con una hoja de papel, pero sin manchar la mesa de tinta. Impresionante.

Grabar  pelis de animación tipo “Coraline” está chupado: vas cambiando de postura frente a la cámara (tú o el monigote de turno) mientras haces clic en un botón rojo.

También puedo hacer un cómic en segundos, simplemente arrastrando fotos sobre las viñetas (quedan automáticamente convertidas en resultones dibujos en blanco y negro. La primera vez que lo vi debí de poner cara de alquimista en el momento de ver convertido en oro el zurullo de su perro).

Y hay más, pero no sigo para no hacerme pesado

El caso es que descubrir todo esto me ha llevado un día, pero sacar el jugo a todo lo descubierto me llevaría tres o cuatro vidas.

Así que en este momento tengo dos opciones: o lo dejo todo inmedatamente (mi trabajo, mi mujer, mi hija, mi novela) y me concentro en el inmenso abanico de posibilidades creativas que se ofrece de pronto ante mí, o finjo no haberlo descubierto, apago el ordenador y salgo a que me dé un ratito el sol.

¡Y eso que aún no he comenzado con las Apps del móvil!

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