Peliterapia

Creo que ya lo he dicho alguna vez: cuando la ocasión lo merece, lloro en el cine. Un llanto desbordante, de los de moquillo-catarata, acompañado de un quejido hiposo,  agudo y entrecortado, que resulta hilarante para el resto de platea.

Con los años, esa habilidad ha ido mutando hasta convertirse en una especie de terapia masoquista. Me explico: he llegado al extremo de volver a ver determinadas pelis porque en ese momento me apetece llorar un ratito. Por nada, para quedarme a gusto.

Incluso tengo una larga lista, clasificada por diversos estilos de llanto.

Por ejemplo: “El laberinto del fauno” me garantiza un buen cuarto de hora de tristeza desenfrenada (de los de dolor de cabeza persistente), con esa muerte final, tan injusta y tan poética. “Qué bello es vivir”, del maestro Capra, un infalible momento de pucheros-sonrisa, cuando la amistad coral salva de la crisis al bueno de James Stewart , al tiempo que suena la campanilla. Salvando las distancias, serían unas lágrimas parecidas a las de “Love actually”. Concretamente en dos momentos clave: 1) cuando el mejor amigo del marido de Keira Knightley le cofiesa su amor secreto con cartelitos; y 2) cuando Colin Firth, que ha aprendido portugués -¿puede haber una metáfora más grande del sacrificio por amor?- , acude al restaurante para declararse a su ex-asistenta… que, a su vez y sin que el espectador lo sepa, ha aprendido inglés para darle el sí, quiero. Es tan bobo que siempre me emociona.

Podría seguir así con un montón de títulos, pero no vale la pena. Difícilmente coincidiríamos, porque llorar (como reír, o como casi todo) es como el culo: todos tenemos uno y pensamos que el de los demás apesta.

De hecho, este blog se me ocurrió hablando del tema, el otro día, con mi amigo P. Él llora como un crío cada vez que ve “City of angels”, peli que (al margen de consideraciones artísticas) a mí me deja imperturbable el lagrimal.

En fin, supongo que lo importante es saber llevarlo con orgullo. Si os ocurre algo parecido, pensad que esa habilidad nuestra para derrumbarnos a la mínima, en cuanto nos tocan el puntito, es lo que nos hace más humanos.

O eso, o es que nos ha tocado una mariconada de genes.

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