Primer aniversario

A lo tonto, este blog acaba de cumplir un año.  He contado ciento treinta y cinco entradas, en las que hay un poco de todo: humor, amor, mala leche, hasta dibujos. Empecé publicando a diario, lo cual era una tortura no solo para mi salud física, sino para la mental de mis lectores. Un día mantuve un breve diálogo conmigo mismo:

-Atiende, gilipollas: se supone que esto es un blog, no la puñetera operación bikini.

-No entiendo la metáfora.

-Pues que no tienes por qué seguir un plan obsesivamente. Escribe solo cuando te apetezca.

-Ah, coño. Te haré caso, tío, gracias por el consejo.

Y eso hago.

Por el camino he ido puliendo cosas. De aquí y de allá, del blog y de la web. Han muerto pestañas y han nacido otras, como “El rincón de las novelas olvidadas”, que cuenta con un reducido pero psicopático club de seguidores. Por cierto: una vez por semana recibo un exhaustivo informe estadístico del servidor relatándome quien visita mi web. Y digo “relatándome” porque suena a eso, a pura ficción. Me cuesta creer que me lea tanta gente. Y lo mejor: que alguien lo haga desde Vancouver, ciudad en la que nunca he estado pero que, no sé por qué, me dispara la adrenalina. Es como si cada vez que me siento frente a la pantalla en blanco, dispuesto a teclear, oyera:

-A ver lo que pones, capullo, que te leen en Vancouver.

-Mira: para empezar, llámame “Señor Pep” o “Excelencia”. Que seas una voz en mi cabeza no te da derecho a insultarme.

-Lo siento, gilipollas.

-Eso está mejor.

Por supuesto, no solo escribo para la anónima gente de Vancouver. También pienso en vosotros, la plebe, los pringados que vivís en sitios del montón. No tanto, pero pienso.

Hoy soplaré una vela y me pondré cinco minutos tierno en honor vuestro.

Gracias por estar aquí.

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