9250

Qué sorprendentes son siempre las matemáticas para los que somos de letras. Acabo de descubrir que tengo guardadas 9250 fotos en el ordenador. En estas incluyo fotos de Nana y Alba (bueno, y un par de Hale Berry practicando contorsionismo en una piscina de barro, que me mandó poco después de conocernos durante aquel tórrido safari en Kenya -ver imagen de arriba: la saqué en Aqualeon, pero da el pego), así que hop, hop, dividamos entre 3, y sale que de fotos mías hay, grosso modo, 3083. Bien. Como están todas las de mi vida (desde que era un bebé regordete y monísimo), significa que sale una media de 64 fotos al año (3083 dividido por los 48 tacos que tengo); es decir: 5,3 al mes. Y, lo que es realmente angustioso (y aquí quería yo ir a parar): solo 0,17 al día. ¡Dios! ¿Os dais cuenta de lo que esto significa? ¡Maldita sea! Tienen que transcurrir largos períodos de seis días para que algo, lo que sea, capte mi atención hasta el punto de motivarme  a usar la cámara. Seis días, SEIS, ciento cuarenta y cuatro horas, ocho mil seiscientos cuarenta segundos  en los que NADA me motiva a pensar interiormente: hostia, eso mola, voy a inmortalizarlo.

Por otro lado, 9250 es una cifra lo suficientemente abultada. Sobre todo, si te planteas convertirla en  un montón de álbumes digitales (tienes que pedir otra hipoteca).

Y otra cosa: ¿Qué pasa si hay una subida de tensión y se te jode el disco duro? Perder de golpe 9250 fotos tiene que ser una putada, pero menos que perder 15.786, por poner una cifra al azar.

Pensándolo bien, no hay por qué forzar la máquina.

Seguiremos como hasta ahora.

 

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