Buenafuente

No lo entiendo. Acabo de asomarme a la ventana y en mi calle todavía no hay ni un solo balcón con crespones en señal de luto por la muerte de la televisión en este país. Una muerte que se resume en tres palabras: Hoy termina “Buenafuente”. Son tres palabras para la historia, como “Veni Vidi Vici”, “Alea Jacta est” o “Andreíta cómete el pollo” (Bueno, estas últimas son cuatro, pero no seamos tiquismiquis, no mientras nos cae el moquillo de emoción).  

Es la misma sensación de caída libre, el mismo vacío en el estómago y la misma cara de zombi sin rumbo que se nos pone cuando termina una de nuestras series favoritas: ¿Y ahora qué coño va a ser de mi vida? ¿Me hago del PP a modo de penitencia? ¿Me voy de viaje espiritual y chapoteo un rato en el Ganghes, a ver si me reencarno en algún ser insensible que no necesite reírse de manera inteligente unos minutos al día?  ¿Me quemo a lo bonzo frente a la estatua del general Prim, que también era de Reus? (Que tiene huevos: ¿Por qué dedican tanto monumento a los militares y tan pocos a los showmen de televisión?)

Un segundo que me tomo la pastilla. Ya.

Vale, tengo claro que en este mundo acelerado de vez en cuando es muy recomendable parar, y que Andreu, Berto, Ana y todo su equipazo de lujo (si empiezo con la lista no termino, baste decir que todos en general son amigos míos y personas muy limpias y trabajadoras) van a volver mejor que nunca. Pero uno no puede evitar tener la sensación de que a partir de mañana va a ser más cierto que nunca aquello de “Por la tele no echan nada bueno.”

Y sí, la de la foto de arriba es Alba con Andreu, al principio del programa. Y no, no recuerdo si asistió como entrevistada o solo de visita.

0

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.