¿Dónde estoy?

Hace tiempo que detecto una, para mí alarmante, tendencia en las redes sociales. A la gente le encanta colgar fotos, generalmente hechas con el móvil, del sitio donde se encuentra. Eso, en principio, no es delito (a no ser que uno se encuentre de madrugada en la cámara acorazada de un banco) pero me produce la misma sensación incómoda de cuando no había internet y unos amigos me invitaban a cenar a su casa para mostrarme  el álbum y el video de las vacaciones. Solo que, en este caso, las imágenes son en tiempo presente, como si me invitaran a cenar mientras aun están viajando. Para entendernos, no nos dicen “Mirad qué gracioso, este es el templo shaolín donde a Juanjo le picó una abeja en el glande”, sino que el mensaje es más escueto: “Estoy en este templo shaolín”. Y luego, en cualquier caso, cuelgan otra foto: “Este es mi glande. Sé que parece un mango maduro, pero es que acaba de picarme una abeja”. Pero esto es otro tema. Hoy toca “lugares”, no primeros planos anatómicos.

Bien.

Después de meditarlo profundamente unos treinta segundos, no acabo de entender esta repentina necesidad del ser civilizado para proclamar dónde se encuentra. Por dos razones: 1) Si el lugar es chulo, lo más lógico sería disfrutarlo a fondo y sin distracciones, atesorar sensaciones, recuerdos, todo eso por lo que, en teoría, los humanos visitamos nuevos mundos. Ya tendrás tiempo de colgar las fotos en internet cuando hayas vuelto a la rutina cotidiana, a las calles de tu ciudad, a las paredes grises de la oficina. Y 2) Si el lugar es una mierda, pues apechuga tú solo, cabrón, no nos amargues el paseo por las redes. Eh, digo yo.

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