Hago algo que no hacía desde hace mucho, mucho tiempo. Meses. Casi un año. Vivo un fin de semana sin encargos pendientes. El sábado todavía sigo con esa inercia acelerada a lo Fórmula 1, la mente se resiste a ser desactivada. Pero de pronto, el domingo, ocurre. Duermo siete horas de un tirón (algo extraordinario, como si entre una docena de huevos de gallina Carrefour apareciera, de pronto,  uno negro y con escamas, de dragón). Desayuno. Nana y Alba han quedado con unas vecinas para ir a la piscina. Reconozco que, por una vez, la soledad no me parece la peor de las tragedias. Abro la puerta del balcón para que penetre una pequeña brisa, nada, lo justo para transmitir hasta el sofá un soplido de hada del lejano invierno. Pongo de fondo el CD perfecto, el primero de los dos de Essential de Blue Note, coloco los pies sobre la mesa y leo de un tirón unas trescientas páginas de la novela que me   reservaba desde hace días, el primer tocho de “Canción de fuego y hielo” (así podré ver la serie de la HBO y decir aquello de: “Es mejor el libro”).

Por la tarde ya soy un hombre nuevo.

Incluso me extraña que, cuando por fin me presento en el colegio electoral, el tipo de la mesa me reconozca en la foto del DNI.

Y eso es todo.

Al día siguiente, hoy, me levanto temprano como de costumbre (con nuevas obligaciones ya) y sonrío al conocer un resultado, uno solo, de  las elecciones. En Premià de Mar, los votos en blanco han pasado en cuatro años de 307 (el 2,95%) a 777 (el 7,62%). Pues eso. Que vayan haciendo el tonto.

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