Redescubro con enorme placer una peli que buscaba desde hacía mucho tiempo: “Al morir la noche” (“Death of night”). La vi por primera vez cuando todavía iba al Instituto, en uno de esos ciclos televisivos presentados por Chicho Ibáñez Serrador. Me dejó tan flipado que algunos de mis primeros cuentos (los que recoge el libro “La mosca al nas”) no hubieran existido sin ella. Total, que llevaba treinta y cuatro años recordando piezas clave de esta pequeña joya: el cochero mortuorio que anuncia “Solo hay sitio para uno”, la otra habitación reflejada en el espejo mágico, la mala hostia de Hugo, el muñeco de ventrílocuo. Lo malo es que no recordaba el título (un crimen capital en alguien que sobrevive respirando cine), y sin título parecía condenado a no volver a verla. Pero de pronto, la semana pasada, tropecé por casualidad con su edición en DVD (Suevia Films, Selección Clásicos de Oro). El corazón se me paró un par de segundos. Luego, volvió a ponerse en marcha y la compré. Llegué a casa jadeante, como el Gollum con su tesoro, y lo primero que hice fue… Esconderla en un estante. Sí, amigos. La mantuve cinco días con el precinto. Dudaba entre volver a verla o no. A veces (vosotros lo sabéis tan bien como yo) es mejor dejar los mitos tal y como los recordamos. Muy pocos aguantan una segunda mirada crítica.

Ayer me decidí. Pues bien: para mi sorpresa, he vuelto a disfrutar como un enano. ¡Bien!

La peli conserva un delicioso aire a sesión continua de “The twilight zone” (el episodio del espejo), a “Alfred Hitchcock presenta” (el de los jugadores de golf), a cuentos de Richard Matheson, Stephen King y H.G.Wells juntos (aunque solo el último salga en los créditos). En fin: a trocitos de pastel más que a película.

En resumen: la peli no ha envejecido. Yo sí, porque a los quince años me limité a disfrutarla. Ahora, para decir que vale la pena verla, he tenido que enrollarme como un puñetero tertuliano.

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