Constato estos días que la última tendencia es ponerle a todo un fondo blanco. La renovada web del Terrat tiene el fondo blanco. Y el  casting de Palomitas. Y nueve de cada diez carteles electorales. A esto último quería ir a parar. Puede que individualmente quede guay, pero en conjunto suena a metedura de pata de los responsables de marketing de los partidos. La primera virtud de todo cartel (publicitario o propagandístico, da igual) es destacar sobre los demás, que te pegue un puñetazo en los morros. Y es obvio que esto no es así. De pronto, hay tanto blanco suspendido en las farolas y los árboles, que nuestras calles empiezan a parecer conductos seminales. Dios, cómo cansan esos primeros planos de señoras y señores sonrientes, que parecen haber ido todos el mismo día al mismo fotógrafo, como si les hiciera descuento por grupo numeroso.

¿Casualidad? No creo. Los políticos viven de cuidar su imagen, y si han optado por hacerlo así por algo será. Mi teoría es que su subconsciente, por fin, les ha hecho aceptar que votarles no es la mejor opción,  y que lo que arreglará nuestro futuro realmente no es apostar por el candidato de turno, sino por el fantástico color del fondo. Votar en blanco. Mmmm. Gran campaña, sí señor. A mí casi me han convencido.

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