Hitchcock y los otros

Hay un libro que suelo releer a menudo. No como los políticos. Yo lo releo de verdad (no tanto como mi amigo Albert Prats, pero lo releo). Es el mítico “El cine según Hitchcock”, de François Truffaut, donde el francés charla con el británico de pelis, arte y curro creativo en general. Si exceptuamos el  haberme librado de la mili por inútil total, este libro es la cosa que más me ha ayudado como escritor y guionista. Se resume en una simple frase: Hitch no rodó nada, ni un puñetero fotograma, porque sí.

Un ejemplo, mi favorito: en “Psycho” sigue al detective Arbogast en travelling, mientras sube las escaleras, porque le interesa continuar ese movimiento de la cámara hasta encuadrarle  desde el techo. Así, cuando aparece de repente la madre de Norman Bates, no nos llama la atención que no le veamos la cara.

Moraleja: hay una diferencia entre rodar un plano porque es guay (lo que hace el 90% de los directores actuales) y rodarlo porque SOLO puede ser así narrativamente hablando.

Sí, claro, Hitch era un genio, no vamos a descubrirlo ahora. Pero además, era un trabajador infatigable que antes de decidirse por la mejor solución se planteaba  todas las otras en su retorcido cerebro de story board.

El sábado por la mañana volví a hojear el libro (el ejemplar subrayado, tengo otro impoluto). Luego comí, hice una siesta corta, me levanté y fui a ver la peli-videojuego de Zack Snyder, “Sucker Punch” . Fue tan grande el contraste que las retinas estuvieron a punto de estallarme por la descompresión.

Dios, qué penita.

Truffaut profetizaba que en el futuro la gente no entendería las películas de Hitchcock. Bien. Si seguimos la estela de algunos directores “visionarios”, me temo que vamos por buen camino.

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