El plasta

Llaman a la puerta. Abro sin preguntar quién es, pensando que será mi hija, y me encuentro frente a un  treintañero alto y flaco con traje y corbata oscuros. Ha ensayado unas mil veces su sonrisa ante un espejo hasta quedar completamente satisfecho de sí mismo. Buenas tardes, dice, impostando la voz como un galán de los primeros albores del cine sonoro. Y, sin darme tiempo a devolverle el saludo, sigue con su guión bien aprendido: ¿Tiene a mano la factura del gas? Le traigo una oferta.

Confieso que oigo “gas” y respiro aliviado. Me cuesta deshacerme de los plastas sin una buena excusa, y en este caso la tengo.

Lo siento, lo tenemos todo eléctrico, le contesto. Otra vez será. Y me dispongo a cerrar la puerta.

Entonces ocurre. El tío introduce el pie entre la puerta y el marco, evitando que yo cierre.

Perdone pero no me lo creo, dice. Seguro que sí tiene gas.

El caso es que tiene razón, tenemos una pequeña caldera de gas para calentar el agua. Pero no quiero decírselo. Me cae gordo. No es nada personal, simplemente es un cretino y se le nota. Ya sé que es un impulso irracional, pero de pronto sé que preferiría hacer puenting en bolas tirándome desde la cúspide del Everest  que admitir delante de ese emperifollado chulo anónimo, ese tiburón de las ventas a domicilio, que él tenía razón y que puedo ahorrarme un par de céntimos en mi factura mensual.

Le miro con mi mejor cara de póquer. El tío sigue sonriendo. Ni siquiera pestañea.

Oye…voy a cerrar la puerta, le advierto. Por favor, te pido amablemente que saques el pie.

Él deja de sonreírme. Tal vez le ha molestado que le tuteara. No sé. De repente parece cabreado.

¿Se puede saber por qué se pone así? ¡Encima que vengo a explicarle cómo ahorrar dinero!

Mira, tengo trabajo, le replico. No me apetece discutir contigo.

Él vuelve a sonreír. Dice:

A lo mejor prefiere que venga en otro momento.

Normalmente me cuesta perder la paciencia. Supongo que hay gente que activa mecanismos internos de nuestro ADN hasta hacerlos explotar.

He cerrado la puerta de golpe.

Él ha sacado el pie a tiempo, una décima de segundo antes de ponerse a insultarme a grito pelado.

Menos mal que ha tenido reflejos. Me habría sentido fatal conmigo mismo si le hubiera pillado el pie.

Creo.

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