Lost

A los cinco años me escapé de casa por primera vez. No fue una fuga premeditada; simplemente me desperté, fui al cuarto de mis padres, vi que aún dormían y salí a dar una vuelta por el pueblo. No conservo los recuerdos de aquella batallita, solo la versión contada mil veces por mis ancestros: al parecer fui hasta el quiosco que había en el Camí Ral de Premià, cogí un tebeo sin decir nada (el dependiente me conocía y debió parecerle muy normal verme un domingo por la mañana solo y en pijama robando, eran otras épocas, los chavales crecíamos más sueltos) y me fui a hojearlo a un campo de tomateras que había a dos kilómetros. Mientras tanto, mis padres ya habían  encontrado mi cama vacía e iniciada la búsqueda. Y me buscaban muy en serio. Movilizaron primero a los vecinos, luego a los parientes (y estos  eran multitud: solo mi madre tenía diez hermanos) y, finalmente, a las fuerzas del orden locales, que fueron las que me encontraron cuatro horas más tarde.

De esto último sí que me acuerdo. La única imagen que conservo en mi memoria es que entre sueños oigo gritar “¡Aquí está el chaval!”, abro los ojos y veo a un gigante con tricornio agacharse y cogerme por las axilas.

¡Dios, qué vergüenza! Qué final más patético para una aventura tan heroica, tan de puta madre: que te rescate un guardia civil barrigudo y con mostacho.

Desde entonces no he vuelto a escaparme nunca de casa. Bueno, sí: a veces, pero siempre con permiso de mi mujer, para que no alerte a nadie.

Esta semana, sin ir más lejos, salgo para Madrid para lo de cada año, la cosa aquella de Los Goyas (por cierto: no os lo perdáis, hay cosas realmente chulas).   Segrego la misma adrenalina que de enano pirándome a las tomateras y la fuga suele terminar con más glamour. Eh, y digo “suele”.  Lo hablamos cuando vuelva, ¿vale?

PD: arriba, yo, con cinco años, ante el desaparecido quiosco del Camí Ral. ¡Ya ni me acordaba que tenía

esta foto! Ni hecha a posta. Hasta me parezco un poco al Lute, ¿no os parece?

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