Corazón roto

A mi niña, a Alba, se le rompió el corazón por primera vez a los ocho años. Fue en agosto y fue por culpa de su pajarito, su mandarín hembra, Julieta, la superdotada de los dos (Romeu era un garrulo alado), la que había aprendido a volar hasta su mano cuando Alba le gritaba: “¡Ven, Julieta!” De nada le valió ser un pájaro de circo ni la pequeña fortuna que invertimos en veterinarios. Le llegó la hora y se murió sufriendo más de lo debido. Eso fue un domingo. Al domingo siguiente, Alba por fin había dejado de llorar pero seguía triste, medio ausente. Era otra hija, un ser distinto, y eso a mi mujer y a mí nos destrozaba. Hicimos lo que habría hecho cualquier padre: llevarla a una tienda de mascotas y decirle que escogiera un animal pequeño. El elegido fue Champú, un conejo blanco y negro, una monada. Durante once meses exactos, Alba volvió a ser Alba, es decir, la niña más sonriente del mundo. Pero llegó agosto, justo un año después de la muerte de Julieta, y como si de una maldición faraónica se tratara, regresamos una noche del cine, Alba entró al comedor y soltó un grito que aún resuena en mis oídos.

Fue la segunda vez que alguien le rompía el corazón en poco tiempo. Entonces, a sus nueve añitos, pronunció una de aquellas frases clave en la historia de una persona. Era ingenua y profunda a la vez, parecía extraída de “Cómo conocí a vuestra madre”. Alba dijo entre sollozos:

“No quiero que me pase más esto. No quiero querer tanto nunca más.”

Escribo esto después de pasarnos la mañana visitando tiendas de mascotas. Lanzaba chillidos maternales con todo lo que se ponía a tiro (perdón por la expresión): golosos hamsters, adorables conejos, ardillas chutadas con cafeína. Luego ha cambiado de liga y ha pasado a la profesional: los perros. Eso son palabras mayores. Había dos cachorros de cocker que la han dejado literalmente hipnotizada. Uno por retina. Por supuesto, Alba sabe que en casa no va a entrar una tercera mascota. Nos hartamos de la maldición, de verla sufrir cada vez que llega agosto. Pero el corazón humano es así de masoca. Donde caben dos roturas caben tres, seguro que piensa. Y Alba lo seguirá intentando.

PD: Y como sé que vas a leer esto, bicho, tenlo claro: esta vez no te saldrás con la tuya. Por tu bien.

T’estimo molt.

El papa.

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