El lenguaje

Un señor pasa por la sección de fruta del súper y oye a un tipo decirle a su mujer: “Compra kakis, cariño, los kakis me vuelven loco.” El señor se queda boquiabierto. Corre a preguntarle al tipo: ¿Lo ha dicho usted en sentido figurado, verdad? Lo de volverse loco.

Se trata de una pregunta larga pero retórica.

El señor dedica los siguientes veinticinco años de su vida a tratar de descubrir por qué los seres humanos usamos determinadas expresiones de mal rollo para describir estados de placer. Cuando termina, hecho un anciano, quema los novecientos treinta folios manuscritos de su tesis, alquila un descapotable rojo y le dice a una trabajadora del amor que pasa casualmente por ahí: sube, puta. Cuando el coche alcanza los ciento ochenta, la profesional, obedeciendo instrucciones del señor, se agacha mecánicamente e inicia una lenta felación. Entonces el señor murmura: “¡Me muero de gusto!” Y cierra los ojos, satisfecho, pensando que al menos una vez en su vida habrá conseguido hablar con propiedad.

PD: En la versión americana la chica sale ilesa, hereda el descapotable y se hace monja.

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