Luís, con Don delante

Era el año 1987. En la foto tengo 24 años, soy un niño. Acaban de hacer oficial que he ganado el premio La Sonrisa Vertical. El presidente del jurado, Luís García Berlanga, dice que han escogido mi novela por la “precisión diabólica del lenguaje”. Yo, más que abrumado, me quedo entre muerto de vergüenza y al borde de un infarto. ¡Berlanga hablando bien de mí, y va a entregarme un premio! Hago un esfuerzo a lo John McLane después de pisar cristales descalzo, me acerco como en trance y no puedo evitarlo: tengo que inclinarme. Yo tampoco he creído nunca en Dios, como Fernando Trueba. Tengo otros iconos terrenales, gente que crea mundos a lo grande, no que provoca diluvios para destruirlos. Cuando me alarga la escultura, con esa sempiterna sonrisa burlona en los labios, aún sigo inclinado. Es el momento que recoge la foto.

Y aunque dejáramos de vernos hace tiempo, así he seguido hasta hoy, Don Luís. A tus pies.

Poniéndote siempre el Don delante, como al Johnson de Miami Vice (me salió el chiste así, y tú te reíste). Ya ves, después de tanto tiempo sigo estándote agradecido. Por tu obra, por tu manera de ser, por tus consejos a aquel niño de pelo ensortijado que en los ochenta empezaba a ganarse la vida inventando historias disparatadas y cochinas.

Para el guión de los últimos premios Goya escogí una de tus frases como cortinilla:

“Hay obras maestras que lo son por el mortal aburrimiento que producen.”

Sí señor, con dos cojones.

Luego veo tu último testamento, esa afinada campaña de Médicos sin fronteras, “Pastillas para el dolor ajeno”.

Pastillas para el dolor ajeno-Berlanga

Y me lleno de emoción.

Qué grande.

Qué sabio.

Y qué putada morirse, Don Luís, qué voy a contarte. Pero menos cuando se ha vivido tanto y tan bien como tú.

Disfruta por ahí arriba.

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