Los políticos

Hace años que los políticos admiten su divorcio con la gente que tiene que darles trabajo cada cuatro años. Reconocen que algo falla en su discurso. Los que gobiernan lo atribuyen al desgaste de mandar. Los de la oposición a tener que mirarlo todo desde la barrera. Y así va pasando el tiempo, y sigue creciendo la abstención. Dentro de siete años, la víspera que mi hija cumpla los dieciocho, dudo que se pase la noche en vela pensando que, por fin,  podrá votar por primera vez. Cuesta ser joven y tener fe en este sistema sin recurrir a alguna droga. Pronto van a tener que cambiar la fórmula de la Nocilla: leche, cacao, marihuana y azúcar.

Nuestros políticos se están cargando minuciosamente, legislatura a legislatura, la ilusión de un país entero, de varias generaciones.

No trabajo en el CIS, así que ignoro los motivos. En mi caso particular, me aburre todo en ellos. Su tono de político, sus corbatas de político, lo previsible de su discurso de político. Su falta de espontaneidad, de audacia, de ideología. Dejé de ir a las reuniones de vecinos de mi comunidad porque a los cinco minutos ya estaban todos insultándose. Los políticos dirigen una comunidad mayor, pero es lo mismo.

Me pregunto qué pasaría si la abstención contara realmente y, por ejemplo, una elevada cantidad de votos en blanco obligara a repetir las elecciones con una lista de candidatos totalmente nueva. Y que los de la lista antigua se fueran al paro. Al paro de verdad, sin finiquito, sin despacho ni cargos fantasma en el partido. Rollo empresa privada: ¿La has cagado? A la puta calle.

A lo mejor entonces entendían de golpe (pero de verdad, no como pose) que no nos gustaba su trabajo.

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