La ventana

Un señor se despierta, va hacia la ventana, mira hacia abajo y ve que no es su calle. Excepto ese detalle, la calle no tiene nada de especial. No hay naves extraterrestres, la gente no habla otro idioma, los perros no tienen tres cabezas. Pero no es su calle. Si se tratara de un cuento, seguro que pensaría en ese instante: debo estar soñando. Pero como le está ocurriendo de verdad, el señor se limita a seguir contemplando esa calle intrusa desde su ventana, desconcertado, sin encontrarle explicación.

Pasan unos segundos, se abre una puerta y entra una mujer. Es joven, pelirroja, muy atractiva. Está completamente desnuda y tiene el pelo mojado. Buenos días, Juan, le dice con una resplandeciente sonrisa. ¿Te encuentras mejor?

El señor asiente con la cabeza para ganar tiempo. No reconoce a esa mujer. Ni siquiera recuerda que su nombre sea Juan, aunque no lo descarta (siempre ha tenido una memoria pésima para los nombres).

Entonces suena el teléfono.

¿No contestas?, le pregunta ella, la mujer desnuda. Le mira de un modo raro, amenazante. De repente parece una mujer distinta. Más alta, más vieja, más mala.

Claro, dice él.

Va hacia el teléfono, descuelga.

¿Sí?, pregunta.

¡Huye, imbécil!, oye gritar a su propia voz desde el otro lado del auricular.

Un segundo antes de colgar, el señor piensa: vaya forma de empezar el día.

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