Series 2001

Hay series de televisión buenísimas que, sin embargo, me aburren. Mucho. Las llamo Series 2001, porque con ellas me pasa lo mismo que con el tripi espacial de Kubrick. No discuto que sea una obra maestra imperecedera, pero en cuanto el señor disfrazado de mono peludo lanza la quijada al aire, funde con la nave y empieza a sonar el puto vals, pasan unos segundos  y se me empieza a llenar la boca de bostezos. Pues con las Series 2001, lo mismo. Empiezo a ver cada episodio con admiración, palidezco de envidia ante el perfecto trazado de sus personajes, aprecio las astutas tramas, esos diálogos inolvidables. Disfruto enormemente cinco, diez minutos y, de golpe, inevitablemente, me despierto en los créditos finales con un hilo de baba en la comisura.

Tengo dos posibles explicaciones, una mística y la otra espesa. La mística es que he ofendido a Dios en algo y Él, cabrón por naturaleza, se ha vengado de mí convirtiéndome en un zopenco incapaz de apreciar el caviar televisivo. La espesa es que a lo mejor lo que  me ofrecen esas series a mí me encantaría consumirlo en otro formato, en libro, por ejemplo (hay quien sostiene que las verdaderas grandes novelas del siglo XXI se están escribiendo en la pequeña pantalla, y se refieren a muchas de estas Series 2001), pero no encaja con lo que busco cuando me siento ante la tele. ¿Y qué busco en una serie? Ni idea.

Sólo sé que hay series con las que nunca me dormiría, como “Fringe”, “Modern Family”, “The Big bang theory” o el último “Sherlock Holmes” de la BBC (gracias, Joan Pons, por el consejo). Y sí, ya lo sé. Ninguna de ellas es como “El ala oeste de la Casa blanca”. Sé distinguir la diferencia.

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