Instagrimm

Creo que a los escritores no debería de gustarnos Instagram. En serio.

Lo he visto claro nada más terminar de leer (con retraso, como siempre) “El sentido de un final”, de Julian Barnes. Maravillosa novela sobre las trampas de la memoria, que ya empieza avisando: “Lo que acabas recordando no es siempre lo mismo que lo que has presenciado.”

Eso, para un escritor, es esencial. El poder de reconvertir el suceso más aburrido del mundo en una historia interesante.

Instagram es justo al revés.

En manos viciosas se convierte en un diario visual que no da pie a imaginar nada: todo está ahí expuesto como un chopped con efecto vintage en la charcutería. Echas un vistazo y, oh, Dios: ese día hacías ojeras, tenías papada, ibas borracho y la rubia que te ligaste era de pote y era rubio.

Fin del cuento.

Mierda de Instagram y sus efectos molones que no ocultan nada.

Alguien debería de inventar un Instagram para escritores (y, en general, para gente que no considera su vida lo bastante interesante para inmortalizarla al pie de la letra cada cinco segundos en las redes sociales).

Tú abres la nueva Aplicación, le das a la pestañita “Shadows”, sacas la foto y sale todo negro, sólo se entreven un poquito los ojos y los dientes. O le das a “Efecto Fantasy”, chas, y tu vespa se convierte en un Pegaso alado y tu chándal Carrefour en una capa roja. Qué guai.

Y así toda la App.

Tengo el nombre, por si alguien quiere patentarlo: Instagrimm.

¿Alguien se apunta?

 

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