Orgulloso

Yo no soy de salir mucho. De ir a fiestas. A presentaciones. A conciertos.  Al trabajar en casa,  suelo hacer las pausas del café conmigo mismo. Pero ayer hice una excepción. Hacía años (lustros) que no me veía con el tipo de la foto. Desde entonces, se ha dejado barba , se ha puesto unas inmensas gafas, ha trabajado mucho y bien y se ha hecho famoso.

Fue un bonito reencuentro. Con Òscar nos conocimos en El Terrat de radio, en aquel lejano  1996. Él daba sus primeros pasos en el medio, y  aprendimos, sufrimos y lo pasamos bien juntos. Después cogimos caminos separados (qué original  expresión, tendré que usarla en mi próxima novela) y yo me dediqué a seguir su carrera con orgullo. No con orgullo de maestro que se cuelga una medalla (no soy tan gilipollas: los mamíferos como Òscar nacen enseñados). Con simple orgullo de fan por haberle conocido.

No es la primera vez que me pasa. Creo que nunca os lo he contado, pero una vez (coincidiendo con mi divorcio, necesitaba el dinero) di clases de Redacción Periodística en la Autònoma. Fueron pocos meses, pero muy intensos. Acabé aprendiéndome los nombres y las caras de la mayoría de alumnos. Con algunos he vuelto a tropezarme en El Terrat: Joan Grau, Mireia Gaitán, un tal Jordi Évole (que, por cierto, en clase no era nada follonero). Una noche pegué un salto en la butaca al ver al Gran Wyoming intentando ligar con “mi” Thais Villas. No se parecía mucho a la de la foto de la ficha universitaria, pero sí, era ella, sin duda.

Es una de las grandes ventajas del paso del tiempo:  vas conociendo gente de todo tipo. Con alguna, incluso, te apetece volver a quedar para echar unas risas. Y pedirle un autógrafo para tu hija.

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