Mi anécdota con el señor Pedrolo

A los diecisiete no era tan imbécil como ahora, pero me esforzaba. En vez de pasarme el verano buscando sexo duro, que es lo más sensato que cualquier ser en su sano juicio puede hacer a esa (y a cualquier) edad, me encerré tres meses con la Olivetti Lettera 35 de mi hermana y escribí de un tirón una novela negra, “No viu aquí”. Eran las  cuatrocientas y pico peores páginas de la historia de la literatura amateur.

Pero mi imbecilidad llegó más lejos.

Por aquellas épocas mi ídolo era Manuel de Pedrolo. Un escritor con más de un centenar de libros publicados, la mayoría de género: policíaco, terror, ciencia ficción. Un mito viviente cuyo  “Mecanoscrit del segon origen” había amamantado y amamantaría a varias generaciones de cachorros literarios de nuestro país tan petit.

¿Qué hice? Buscar donde vivía en la guía de teléfonos (que era como el facebook de la época).

Ni siquiera llamé antes para prevenirle.

Me puse la novela bajo el brazo, cogí el tren de la costa Premià-Barcelona, luego un autobús hasta la Diagonal, localicé su calle cerca de Francesc Macià (aún Calvo Sotelo), encontré el portal abierto y subí a su piso. Llamé a la puerta y me abrió él en persona.

En mi recuerdo, tartamudeo. Y eso que he ensayado el discurso un centenar de veces. Pero lo suelto fatal. Parezco un puto yonki con el mono a punto de gritarle que me dé el paluco o lo rajo con la blanca.

-Hola, yo le-le-le admiro mucho y m-m-me gustaría que se leyera esto, mmm, esta cosa que he escrito, a ver qué-qué-qué le parece.

Y le tendí el libro, pretenciosamente  encuadernado en tapa dura roja con el título grabado en oro. Era como encuadernaban antes en la copistería de mi pueblo, Marinada.

Qué vergüenza.

Han tenido que pasar más de treinta años para que me atreviera a confesarlo.

El caso es que lo hice.

Pedrolo me miró con los ojos como dos discos de vinilo. No había para menos.

-Es que… Tengo mucho trabajo -intentó excusarse el pobre hombre.

-Ya lo supongo. Tranquilo. No tengo prisa. Léala  cuando pueda. Mi teléfono y mi dirección están en la portada.

Acabó cogiendo el libro y cerró la puerta con un suspiro.

Pasó un año.

Yo me había releído la novela un par de veces. Y a la segunda había tomado la sensata decisión de meterla en un cajón muy muy profundo y no volver a sacarla hasta que se terminara el mundo en el lejano 2012. O eso decían los mayas.

Pensé: menos mal que Pedrolo no se la ha leído.

Entonces sonó el teléfono.

Era Pedrolo.

-Ya me he leído su libro -dijo, tratándome de usted para acabar de rematarme-. Puede pasar a recogerlo cuando quiera. Siempre estoy en casa.

Fui aquella misma tarde.

Volvió a abrirme él en persona y me reconoció al instante.

-Ah, es usted. Un momento.

Desapareció unos segundos y regresó con la novela envuelta en papel de embalar. Me la devolvió diciendo:

-Encontrará dentro una hoja con mis comentarios. Es que me expreso mejor por escrito.

-Yo también.

Juro que le dije eso. “Yo también”. Oh, Dios, qué vergüenza, qué imbécil, qué rematadamente imbécil.

Sonrió, me dijo adiós y cerró la puerta suavemente.

Efectivamente, dentro del sobre encontré medio folio escrito a máquina con sus comentarios. Críticos pero amables a la vez. Y minuciosos. Se notaba que se había leído el libro con lupa y que intentaba darme pistas para que no volviera a cometer aquel terrible asesinato literario.

Esa fue la última vez que vi a Pedrolo.

Al señor Manuel de Pedrolo.

Qué grande.

Y qué pequeño me siento al recordarlo.

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