Premonitorio

Acabo de tener mi segunda experiencia premonitoria. Debe de ocurrirme cada treinta años, porque la primera la tuve a los diecisiete: soñé que me encontraba en un faro (al menos lo parecía, era  un sitio estrecho y con las paredes redondas). Yo estaba sentado a la mesa con mi primera novia, leyendo sin decir nada. Delante de mí había una anciana de rostro bondadoso con un plato de espagueti en las rodillas, tiraba de ellos y los iba enrollando. De pronto, se abría una puerta a mis espaldas y entraba una niña rubia vestida de bailarina. Llevaba una muñeca en la mano y lloraba. “Cette poupée est malade”, balbuceaba en francés. Esta muñeca está enferma. Entonces desperté.

El sueño me había causado tanta impresión que corrí a contárselo a todo el mundo. La gente reaccionó como suele hacerlo en estos casos, diciendo que los sueños, sueños son, y pasando un huevo de mí. ¡Malditos egoístas! Como si no necesitaran que la gente les fuera contando todo el tiempo las chorradas que sueña.

Vale, hagamos una elipsis y pasemos a las seis de aquella misma tarde.

Yo me encontraba repasando con mi primera novia el examen que teníamos al día siguiente. Un examen  de francés, ese dato es importante. Lo hacíamos en la portería de sus padres, una salita claustrofóbica. No tenía las paredes redondas pero, en cierto modo, sí podía parecer un faro. De pronto, me fijé en su yaya, sentada frente a mí, en el rincón, y tuve un escalofrío: estaba haciendo media. Era como si enrollara con los dedos unos largos espagueti de lana. Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte.

Sonó una música de suspense imaginaria en mi cabeza, la puerta se abrió chirriando a mis espaldas y entró  la hija de los vecinos del cuarto. Parecía apesadumbrada. Claudia tendría por aquel entonces ocho o nueve años y era muy amiga de mi ex. Le dijo: “Mira qué le ha pasado a Pepa”. Abrió su bolsa de deportes y sacó su muñeca favorita (rubia como ella, tamaño bebé, párpados articulados). Se le había roto un brazo. No tuve que preguntarle qué llevaba en la bolsa. Sabía a dónde iba Claudia  todos los martes y los jueves a esa hora: a estudiar ballet.

¡Tachán! Golpe musical apoteósico y fin.

Bien. Esa fue mi primera experiencia premonitoria. Chula, pero absurda. Se cumplió lo soñado, vale, ¿y qué? No salvé una puñetera vida, no tuve ninguna revelación que  diera un giro a mi futuro existencial. Menuda estafa. Que me devuelvan la pasta.

Acabo de tener una segunda oportunidad. Hace menos de una hora me levanto decidido a dedicar el blog de hoy a los estresantes  imprevistos que surgen en el camino de todo guionista; y, cuando llevo un rato redactándolo en mi mente, descubro, asombrado, que estoy duplicando mi trabajo. Que ese mismo blog ya lo escribí, letra por letra, hace justo una semana. Os lo juro, la piel de gallina. Y lo más extraño es  que entonces lo escribí sin motivo. Entonces todo iba bien, simplemente me desperté en mitad de la noche y, movido por un impulso, lo vomité todo.

Una semana después, por fin, he comprendido las palabras que escribí. A ellas las remito. El blog de hoy es el del jueves pasado, 23 de septiembre de 2010: “Mr. Climate”. Me lo inspiró algo que ocurrió ayer por la tarde.

A ver si esta vez me sirve para algo.

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