La puta memoria selectiva

“Me llama joven”, comenta el personaje de Ewan McGregor en la peli de Polanski “El escritor” (y en la astuta novela en la que está basada, “The ghost writer”, traducida aquí como “El poder en la sombra”). Y una de las secretarias del personaje de  Pierce Brosnan sonríe y le contesta que siempre lo hace: recurre al joven cuando no recuerda el nombre de la persona con la que está hablando.

A mí me pasa continuamente y es horrible.

Me pasa con gente a la que conozco desde hace mucho, mucho tiempo, y con gente a la que acaban de presentarme (y da igual que intente recurrir al viejo truco de repetir su nombre cada vez: a la tercera lo he olvidado). Me pasa con gente anónima y con famosos, de ese tipo de famosos que si se enteraran que has olvidado cómo se llaman contratarían a unos sicarios para que te dieran un susto (rollo meterte en un maletero lleno de termitas con una capucha untada de miel en la cabeza. “¡Así aprenderás a retener más los datos, mamón!”)

No, y el caso es que (casi) siempre sé quien es, recuerdo en qué boda se sentó a mi lado, los títulos de todos los libros que ha escrito o la forma que tiene de reírse como un cacareo. A veces, incluso recuerdo la caprichosa forma de su pezón derecho (no necesariamente porque me haya acostado con ella: podemos haber coincidido en una playa). Pero es inevitable: empezamos a charlar y una voz interior, tipo Gollum cabreado, se pone a susurrarme: “¿Lo ves, capullo? ¡Ya estamos otra vez! No tienes ni idea de cómo se llama, ¿verdad?” Y finges escuchar a la otra persona, pero no, en realidad estás librando un furioso combate contra ti mismo, intentando recordar.

Una putada.

Sobre todo, teniendo en cuenta los millones de datos inútiles que llenan mi disco duro.

Me sé enteras varias canciones de Nino Bravo y de Camilo Sesto, por ejemplo. ¿Y para qué, si las uso en casos muy puntuales? Tú no pones eso en un currículum serio.

Si los seres humanos estuviéramos bien hechos, y no fuéramos los Madelman de los chinos de un dios poco profesional (¿Cómo va a salir todo niquelado haciendo el mundo en seis días y descansando el séptimo?), si yo fuera la biomáquina que se merece   el siglo XXI, tendría que poder borrar  tres cuartas partes de “Un beso y una flor”, quedarme sólo con el estribillo y usar la memoria libre para recordar cómo se llama la vecina a la que saludo, el librero al que le compro algo cada día, ese señor que me da recuerdos para mi mujer desde hace tres años, y al que siempre respondo lo mismo: “Serán dados” (¡Qué hipócrita soy! ¿Recuerdos de quién, cabrón, si no sé cómo te llamas?)

Me queda el recurso de empezar a llamar Joven a todo el mundo.

Siempre que me imagino haciéndolo, no sé por qué, llevo batín de seda y monóculo y me parezco a Rubianes.

-Y eso es todo, Joven. No tengo nada más que añadir.

Mola.

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