Horarios

Suelo despertarme temprano, muy temprano. Supongo que mi cuerpo se ha acostumbrado, y no me quejo. A las cinco de la madrugada es cuando se escribe más a gusto. No hay ruidos en la calle ni trajín de vecinos, sólo el roce de tus dedos sobre el teclado. Si no te concentras entonces no lo harás nunca. Si alguna vez tengo una mala tarde, sin ideas, me consuelo pensando: mañana a primera hora me saldrá. Y raramente me falla. Claro que tiene sus inconvenientes: la gente te mira como si fueras un extraterrestre. O peor: un pringado. Sé lo que están pensando, que las mejores cosas de la vida suceden mientras duermo, y que me las pierdo por auto-imponerme este absurdo horario de campesino de posguerra. En mi defensa alegaré que ya estuve al otro lado del espejo. Durante un largo tiempo salí todas las noches, bebí, me fumé seis paquetes diarios, besé a quien pude y dormí durante el día como los vampiros. Estuvo bien, no reniego de ninguna etapa. Pero ese no era yo, era Hyde. Para reconocerme a mí mismo necesito apagarme como un interruptor después de cenar y levantarme lleno de energía cuando el resto del mundo prácticamente acaba de acostarse. Manías, supongo.

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