Buenas y malas ideas

Siempre que recibo un nuevo encargo de guión, empiezo por tener una mala idea. No exactamente: es una idea cara. Para poder llevarse a la pantalla con garantías de éxito exigiría demasiadas horas de grabación, o de extras, o de decorados, o de efectos especiales (no siempre me excedo en el mismo punto, al ser  creativo voy cambiando, para sorprenderme). Así que, invariablemente, me la tumban en la primera reunión, siempre con una sonrisa indulgente en los labios  de mis jefes (ya me conocen todos), y es entonces, sólo entonces, cuando me pongo a pensar en la idea buena, es decir, en la realizable.

Confieso que esta me cuesta más. Por dos razones: 1) a mí la primera idea me gustaba, y siempre jode tener que renunciar a algo que te gusta; y 2) una parte de mi mente anda ocupada pensando en Estados Unidos. Pienso qué habría pasado si, en vez de nacer en Premià, mi madre me hubiera parido en Mulholland Drive, por poner un ejemplo cinéfilo. Da la impresión que allí sucede exactamente lo contrario: si la idea de un guionista es barata, si es demasiado fácil de hacer, es automáticamente descartada. Las únicas ideas fáciles que compran son las que han funcionado previamente en otro lugar del mundo, cuanto más remoto mejor. Entonces hacen un remake carísimo, más complicado y, por lo general, inútil.

Me asusta pensar que si fuera guionista allí siempre acertaría con mis primeras ideas. Es decir: curraría apenas sin esfuerzo. La vida sería demasiado fácil, engordaría rápidamente, me volvería creído, caprichoso, mi mujer me pediría el divorcio y yo me daría a las drogas y a la vida disoluta, que no hay peor ejemplo para una hija adolescente. En fin, que desde aquí doy gracias al azar por haberme hecho nacer en el lugar correcto.

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Por Pep Bras

Escritor y guionista. + de 20 libros publicados. El más reciente, "La niña que hacía hablar a las muñecas" (Siruela, 2014). He escrito para Buenafuente (16 años en El Terrat), la Otero y la Gemio, entre muchos otros.

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