Los que no existen

Contemplo a Natalie Portman atendiendo a los fans en la Mostra de Venecia y pienso: menos mal que es una de ellos. Si no, algo me impulsaría a coger el primer vuelo a la ciudad de los canales, averiguaría en qué hotel se aloja, la esperaría durante horas oculto tras una yuca del hall y, finalmente, le soltaría esa gran frase que he estado ensayando durante años con el fin de hacerla sonreír. Ese sería el comienzo. Pero no hace falta porque Natalie no existe. Nos hacen creer que sí, pero es que no. Eso es algo que tenemos claro mi mujer y yo desde hace mucho tiempo. Natalie, “mi” Natalie no existe, como no existe “su” George Clooney. Ni mi Naomi Watts. Ni su Jude Law. Ni siquiera existen su Viggo Mortensen y mi Elena Anaya. Ni la Nastassja Kinski de justo después de “Tess”. Ni el Andy Garcia de hace veinte años. “Mmmmm. Qué lástima que no exista”, suele ronronear Nana, entre suspiros, al ver a uno de sus hombres-fantasía llenando de feromonas virtuales la pantalla. “Si existiera, te prometo que hacía una locura”. Y yo, sonriendo, le doy un suave beso en los labios de consuelo, con complicidad. Y así vamos tirando.

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Por Pep Bras

Escritor y guionista. + de 20 libros publicados. El más reciente, "La niña que hacía hablar a las muñecas" (Siruela, 2014). He escrito para Buenafuente (16 años en El Terrat), la Otero y la Gemio, entre muchos otros.

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