Las buenas noticias

Acaban de darme una buena noticia. Más que eso: la mejor de las noticias posibles. Llevaba cerca de un año esperando que se produjera. No sé vosotros; yo, cuando hace tanto que espero algo, me entretengo  anticipando el momento. Imagino cómo reaccionaré si la respuesta es A, B o Z; qué frase inmortal le diré a la persona que me llama; cuál será mi primera reacción al colgar. Supongo que es deformación profesional de guionista. 

Nunca me ha servido para nada ser tan previsor. Esta vez suena mi móvil justo al inicio de una reunión de trabajo. Voy a pararlo cuando veo un nombre en la pantalla y el corazón me da un triple salto mortal sin red en la caja torácica. Bum, rebum, bum bum.

-Perdóname un segundo -le digo a la persona con la que estoy reunida.

Me alejo un par de metros (porque estamos en un loft industrial, no hay paredes que puedan ocultarme) y entonces ocurre. Me sueltan la bomba nada más descolgar. Total, que no puedo hacer nada de lo que había previsto: gritar, reír, llorar, ponerme a bailar claqué sobre una mesa. Dios, pienso: la sociedad, el mundo, el puto azar me oprimen, obligándome a conservar la compostura cuando cada molécula del  cuerpo me exige a gritos una explosión de desenfreno, de locura, de anarquía.

La reunión se alarga más de dos horas. Para cuando termina, ya se me han pasado las ganas de convertirme en un Gene Kelly enloquecido con máscara de V de Vendetta. Y mi primer pensamiento es que en la vida, en general, nos ocurre algo parecido. A lo mejor deberíamos pecar siempre de optimistas y celebrarlo todo antes de que nos lo comuniquen.

Y que nos quiten lo bailado.

 

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