Rockwell & Crumb

Descubrí a Norman Rockwell casualmente, cuando aún frecuentaba el desaparecido Vips de Rambla Catalunya (sí, ya, ahora existen los FNAC, pero no es lo mismo). Me volví adicto a sus libros de ilustraciones.  No sólo por su técnica  sino por las “historias” que cuenta en cada cuadro. Y también porque admiro su método de trabajo. Nunca he creído en el arte impulsivo. Me parece un estornudo de talento. Puede molar más o menos, pero para convertirse en algo realmente bueno debe de ir acompañado de tres cosas: trabajo, trabajo y trabajo. Rockwell era paciente, meticuloso, tenaz, obsesivo.  Buscaba modelos, les hacía fotos; luego, hacía decenas de primeras versiones del mismo cuadro hasta que una le gustaba. Solamente entonces se ponía a hacer LA OBRA. Y todo esto en menos de una semana, para llegar a tiempo de entregar la nueva portada del “The Saturday Evening Post”. Yo necesitaría más de cien vidas para hacer un triste dibujo, uno solo, que se pareciera remotamente al menos logrado de sus esbozos.

A Robert Crumb también le gusta Norman Rockwell. Acabo de descubrirlo en su libro “Recuerdos y opiniones”, donde el prolífico genio del underground arremete contra todo el arte “culto” posterior a la Segunda Guerra Mundial. Lo argumenta de este modo: “En el mundo que habitamos dominado por los medios, el artista se ve inmerso en una presión constante por hacer algo nuevo, innovador. Si un artista deriva su estilo de antiguas fuentes, su trabajo se arriesga a ser tildado precisamente de anticuado y anacrónico(…) Ser el mejor en lo que haces parece que no basta.”

Para mí, los dos son los mejores en lo que hacen.

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