La audiencia

Qué mala es la audiencia. A menudo se nos obliga a currar para ella, se nos dice: “Esto no lo escribas así o asá, porque el señor que mira esta cadena seguro que no lo capta.” Y luego el presunto señor cambia de cadena y tú tienes la culpa.

Con la audiencia, todo lo que tengo son dudas metafísicas. ¿Tu programa es mejor si tienes mucha que si tienes poca, o sigue siendo igual de bueno o malo? ¿Funciona como el pene, o realmente el tamaño importa poco?

Pensemos en el típico ejemplo de tío sin audiencia: Van Gogh. Sin audiencia, y sin oreja. Se pasó toda su vida con un share digno de La Sexta 2, y eso que malo no era. Claro que una cosa es el arte y otra la industria, diréis. Bueno, son trampas del lenguaje, pero en el fondo todo es lo mismo. Un programa de tele se hace para la audiencia, un libro se escribe para los lectores, una corrida de toros se celebra para un puñado de sádicos. Cuantos más, mejor. Si no, la cadena se carga el programa, el escritor se muere de hambre y el torero… Bueno, el torero da igual, mientras los gobiernos sigan creando Premios Nacionales a la salud de la Tauromaquia, y olé. En cualquier caso, la audiencia no debería ser jamás la meta final de lo que hacemos. Deberíamos poder crear algo libremente, porque nos sale así de la punta del nabo, hostia puta, y después arrojarlo a las masas y cruzar los dedos para que les guste. Hacerlo a la inversa, es decir, pretender saber ANTES, exactamente, lo que desea el señor, el lector, o quien puñetas sea que esté aguardando al otro lado, siempre me ha parecido estúpido, como jugar a la ruleta rusa con seis balas. Porque lo más probable es que ni la propia audiencia sepa lo que quiere, y si tú te cortas y la cagas ninguno de los dos va a pasarlo nada bien.

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