A mi amante

Asisto al funeral de la madre de Mari, mi amiga de siempre, de toda la vida. Conocí a la señora Carmen con diecisiete años, y enseguida nos caímos bien. Tanto que, al poco tiempo, empezamos con esa   broma tonta que ha durado hasta hoy: decíamos a todo el mundo que éramos amantes. Y eso que nos llevábamos 33 años. Más o menos como Demi Moore con Ashton Kutcher. Bueno, no, es absurdo compararnos. La señora Carmen lo tenía todo natural.

Recuerdo una vez que, al verme, puso los ojos en blanco y suspiró:

-Últimamente me tienes muy abandonada, Bras (siempre me llamaba por el apellido). Como esto siga así voy a tener que acostarme con mi marido.

    Además de hacernos reír con sus salidas, era artista. Porque sí, porque era incapaz de estarse quieta viendo la tele. Cosía (se encargó del vestuario de mi segunda obra de teatro, “L’oca del senyor és teva”).  Y pintaba. Como Dios manda, al óleo y en su tela. Y nada de paisajes ñoños de la tercera edad: figuras humanas, con un toque naïf, entre Botero y Rousseau El Aduanero.

Y tenía algo de brujita y de psicóloga. A veces se te quedaba mirando y te decía: “Te preocupa algo”. Y entonces te escuchaba.

Supongo que la muerte tiene eso, que abre de par en par las puertas de los recuerdos y siempre te deja esa cara de tonto, de Mourinho preguntando “¿Por qué?”

En fin, señora Carmen, deje que termine plagiándola:

-Vaya putada que me ha hecho. Como esto siga así, voy a tener que acostarme con mi mujer.

 

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