El misterio del tapacubos

Alba, que aprovecha las vacaciones para cosas eminentemente útiles, ha localizado mi coche aparcado en el Google Maps. La imagen tiene cierto tiempo, porque en ella mi calle sigue en obras (hace meses que las terminaron) y las cuatro ruedas tienen aún sus tapacubos (antes del verano se perdió uno, un día de estos tengo que reemplazarlo).

No sé si os ha pasado algo parecido alguna vez. Es una sensación extraña, entre el orgullo y la ansiedad, la de ver algo nuestro  expuesto así, desde todos los ángulos, como si fuera una showgirl. 

En cualquier caso, me hubiera gustado que el fotógrafo de Google me avisara antes. Habría podido llevar mi viejo buga al túnel de lavado, ponerle alfombrillas nuevas y fundas en los asientos, echarle una nube de ambientador de lavanda y sentarme yo al volante con mi mejor sonrisa (o al revés, levantando el dedo medio, en plan rebelde).

Pero no avisó, y ahí está mi coche: vulgar, aburrido, con todo el techo acribillado de cacas de pájaro. Seguro que nadie, excepto mi hija, repararía en él. Qué triste.

Junto a mi coche, en la misma imagen congelada en el tiempo, dos niños monos y rubios, sin sus padres a la vista, parecen dirigirse muy contentos a la panadería de la esquina.

O a lo mejor no. Puede que sean dos precoces delincuentes que llevan días, semanas, preparando un audaz palo a la luz del día: quitarme el tapacubos. Pienso: qué divertido si el fotógrafo de Google hubiera hecho la foto segundos después, pillándoles in fraganti.

Y luego pienso: qué angustia. El Big Brother existe y se llama Google Maps. A partir de hoy prometo comportarme. Al menos por la calle.

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