La gente

Me gusta la gente con la que trabajo. No toda ni en cualquier momento. Me refiero a estos días, con el pequeño equipo de mercenarios del Terrat con el que preparamos la 25 edición de una gala (por discreción no diré de qué, solamente que se entregan unos premios de cine cuyo trofeo es la cabeza de un pintor que era sordo).

La semana había sido chunga. No diré terrible, porque siempre hay que ser positivo, y lo cierto es que ningún doberman hasta el culo de crack me había arrancado todavía un huevo a dentelladas. Pero todo parecía ir cayendo por momentos, como en la careta de Mad Men: la propuesta 2 por presupuesto, el monólogo 6 por demasiado largo, el invitado sorpresa 115 porque, al parecer, acababa de presenciar el asesinato de un jeque o de una prostituta albina o de ambos en la Casa Blanca (no estaba muy claro) y el FBI lo había convertido en testigo protegido. Esto último no es cierto, lo he añadido para darle un toque dramático-exótico al blog.

Pausa.

Entonces llegó el viernes y todo empezó bien. Me reencontré con Xen, al que no veía desde hacía siglos, y hablamos de los hijos y de la ansiedad, dos conceptos no demasiado opuestos. Luego hablé con Corbacho, de números de móvil obsoletos y de películas de animación, dos conceptos totalmente opuestos. Hablé con Miguel Campion de proyectos chulos, como casi siempre que hablo con él. Y, finalmente, arrancó la reunión. Y al principio caras largas, como es lógico. Orden del día: repaso a todas las desgracias. Pero de pronto, ocurrió.  Empezaron a surgir ideas. Una detrás de otra, como fichas de dominó cayendo. Bueno, tampoco voy a  exagerar. Salieron dos o tres, pero bastante chulas. Y por fin nos relajamos y nos pusimos a hablar de todo menos del trabajo.

Roger contó una anécdota que incluía una caída de cine mudo de su hija. Yo conté la mía: a los tres o cuatro años, Alba era Doña Lesiones, tuvo que visitar varias veces seguidas el CAP de Premià, y acabaron interrogándola como presunta víctima de malos tratos. Júlia (Júlia CLOT, la mítica) saltó: ¡Ey, a X (y léase por “X” una mujer adulta) le pasó lo mismo! Tuvo que acabar diciendo: “Oiga, doctor: le juro que mi marido no me pega!”

Pusimos la directa. Tomàs se acordaba de la foto que colgué en el blog de hace dos días, en la que salgo durmiendo en una redacción. “Claro que te acuerdas, si la hiciste tú”, le espeté. Era en la redacción de “Réplica”, el mítico show de Carlos Latre que todo el mundo recuerda.  “Puede ser”, dijo Tomàs con su habitual cara de póquer, y contó nuestro primer encuentro. Yo llevaba puesta una máscara de látex que, según él, no me quité en toda la mañana. ¿Y qué? Era carnaval.

Eva flipaba. Es una de las mujeres de España que flipa con más gracia. Todos nos reíamos de lo que siempre vale la pena reír: de gilipolladas.

Rosa, mientras tanto, hablaba por teléfono con Madrid y solucionaba un montón de problemas. Esto es España, amigos. Siempre hay alguien que tiene que trabajar duro mientras el resto se divierte.

Moraleja: la semana terminó de fábula gracias a la gente. Una vez más, mi sociopatía galopante quedó en fuera de juego. Gracias por darme esperanza, amigos. A ver si un día dejo las pastillas.

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