Costumbres (2)

Ante el aluvión de comentarios generados por mi (perfectamente lógica) costumbre de despertarme como un robot a las cuatro de la madrugada, me ha parecido oportuno ponerme en plan Flaubert y ampliar detalles. Es decir…

Me despierto. Sin ayuda del despertador. Incluso los fines de semana. Retozo unos segundos en la cama. Y antes de levantarme, me pongo a poner orden en la mente. Pienso: ¿qué me quedó atascado el día anterior? Es curioso, porque a lo mejor llevaba horas en un punto muerto, y en cuestión de segundos se me ocurre una idea, una frase de diálogo, un adjetivo que me pega un chute de adrenalina. Me levanto. A oscuras para no despertar a Nana y a Alba. Tropiezo habitualmente con algo, algo doloroso. Y gruño o maldigo, depende de la intensidad del dolor. Oigo a Nana y a Alba insultarme con cariño y darse la vuelta en sus camas. Cierro milímetro a milímetro las puertas de sus dormitorios. Me pongo una bata si hace frío, como ahora. Voy al baño y hago pis. Me lavo la cara. Me cepillo los dientes mirándome al espejo mientras  acabo de sopesar la idea que he tenido: sí, sí, aún funciona. Voy a la cocina y bebo un trago largo de agua helada. Y entonces sí, por fin: me encierro en el despacho, conecto el ordenador, un chicle en la boca… y empieza el día. Como veis, ningún secreto relevante. No soy Batman, amigos.

(Justo a tiempo: son las seis y cuarto y Nana acaba de levantarse. Voy a darle un beso de buenos días. Hasta pronto)

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